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Desde el inodoro

El único lugar que siempre aceptará tu contribución

Me acechan pequeños monstruos de mente colmenar.  Sus patitas de fino alambre se ciernen enjutando los pliegues microscópicos de mi piel y los dedos de mis pies están anegados con negros aguijones.

No los vi por ocuparme en mi escritura mientras sentado estaba en el excusado.  Uso mis manos para sacudírmelos de encima, pero me causo más dolor con mis propios golpes:  Yo mismo empujo los dardos envenenados y hago de ellos epidérmicos remaches.  Los ayudo a pincharme.

Los monstruos se dispersan por mi pierna o caen al suelo por el terremoto que, en su perspectiva, debe estar aconteciendo.  Sigo palmeando sin poner ya atención a lo que escribo.  Mi cuaderno cae y justamente los asqueles, u hormigas, o bichos -yo les digo monstruos- toman ventaja de mi situación:   Al tiempo que abro la regadera para quitármelos de encima con el chorro de agua, ellos -los monstruos- cortan el papel impregnado de tinta y se llevan mis letras a cachitos, a pedazos infinitesimales que ahora forman, tan rápido como una inundación de tromba veraniega, una columna de negros insectos de seis patas que cargan en sus mandíbulas pedacitos de mis palabras.

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