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Desde el inodoro

El único lugar que siempre aceptará tu contribución

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Cuando veo el papel de frente, me veo.  Soy blanco todo el tiempo, excepto cuando no me enfrento a él. Mezcla de nada con aquéllo que es latente.  Palpitaciones de arterias entrecruzadas, de ríos invisibles y flujos incontrolables.  Irreprimibles.  Veo en derredor del trozo blanco sin dejar de verlo y el fondo aparece como amorfo anverso del anochecer.  Iluminado por encimita como borrosa retrospectiva sin sentido.  Artística vuelta del ser que observa y que soy yo.  Trato de pensar en la nada del papel, pero no puedo dejar de escribir, pues cuando veo el papel de frente, me veo…Imagen

Violencia. Crueldad. A veces agradezco ser nadie, ser nada.  Busco la humildad, pero sólo encuentro tapujos.  Mi propio bozal.  Siento que dejé de perseguir sueños cuando preferí conseguir trabajo.  Pero ahora los sueños son demasiado peligrosos.  Sobre todo si se cumplen.  Tanto que perder, tanto que sentir.  Mejor la modestia.  Mejor la mejora interna.  La búsqueda de aquello que realmente nos hace inmunes, alegres.  Una revolución de paz.  Un movimiento para expresar sólo amor.  Sin sueños.  Sin trabas.  Sin empleos.  Sólo personas.  Sin comparaciones.  Sin envidias.  Compartiendo y valorando.  Meditando y glorificando.

Te invito porque estás.  Te conmino porque eres.  Asesinaremos la intransigencia juntos y nos haremos un nuevo estandarte que nos difunda, que nos desfogue, que nos trascienda.

Me acechan pequeños monstruos de mente colmenar.  Sus patitas de fino alambre se ciernen enjutando los pliegues microscópicos de mi piel y los dedos de mis pies están anegados con negros aguijones.

No los vi por ocuparme en mi escritura mientras sentado estaba en el excusado.  Uso mis manos para sacudírmelos de encima, pero me causo más dolor con mis propios golpes:  Yo mismo empujo los dardos envenenados y hago de ellos epidérmicos remaches.  Los ayudo a pincharme.

Los monstruos se dispersan por mi pierna o caen al suelo por el terremoto que, en su perspectiva, debe estar aconteciendo.  Sigo palmeando sin poner ya atención a lo que escribo.  Mi cuaderno cae y justamente los asqueles, u hormigas, o bichos -yo les digo monstruos- toman ventaja de mi situación:   Al tiempo que abro la regadera para quitármelos de encima con el chorro de agua, ellos -los monstruos- cortan el papel impregnado de tinta y se llevan mis letras a cachitos, a pedazos infinitesimales que ahora forman, tan rápido como una inundación de tromba veraniega, una columna de negros insectos de seis patas que cargan en sus mandíbulas pedacitos de mis palabras.