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Desde el inodoro

El único lugar que siempre aceptará tu contribución

Proteger la vida.  Destruir y olvidar aquello que atenta en su contra.  Juzgar.  Ser quien decide.  Matar.  En pro de la subsistencia propia.  En pos de la gente que amas.

Ayer maté en mis sueños.  “Teñí de color sangre” mis manos y mis dedos.  Mis uñas estaban anegadas de coágulos terrosos.  Pero no podía sentir remordimiento real, pues maté por salvar, maté por vivir.

Mis ojos lloraban de miedo, pero mi corazón corría por entre veredas infinitas a velocidades incontenibles.  Sin fricción.  Seguro.  Siempre convencido de que, cuando matar es necesario por ser la única opción, nada me despertará del sueño, pues habré evolucionado.

 

El colgar adolescente enojado mojado en la cuerda y demostrar el dedo Foto de archivo - 570281

Durante el momento más prolongado y oblicuo decidí dejar de ser yo.  Así que ahora no estoy por ratos en los que nadie puede verme.  Hoy, por ejemplo, me he convertido en un adolescente.  Cerebro en ebullición y corazón evolucionando sin propósito.  Estoy vuelto un oso.  Soy violento y enorme.  Soy insignificante y obtuso.  No entiendo la humildad y no sé nada de valor.  Critico y juzgo todo implacablemente y también inocentemente, lo que hace mis análisis equívocos e irreales.  Fuera de tiempo y de lugar.  El mundo parece tan pequeño.  Quiero gritar y destrozar cosas.  Quiero embarnecer mis descripciones y definiciones de conceptos para que sean interesantes para los demás, pero los demás son tan tontos.  Tan burdos.  Insulsos.  Están tan perdidos que no se dan cuenta de que yo poseo las claves para descifrar todo lo que acontece, todo lo que pasa.  Y, por supuesto, no me preguntarán jamás.  No quiero platicar, quiero hablar.  Quiero que me sientan y que sepan que la manera en la que siento es la única forma posible de sentir, de ser, de vivir.


A veces, mientras estoy sentado en el inodoro escribiendo o leyendo -definitivamente cagando- se me viene a la mente la nítida imagen de una cucaracha debajo del asiento que, habiendo esperado inconcientemente su momento, corre sin pensar hacia el hoyo de mi ano y se escabulle a empujones y empellones hasta dentro de mi recto.  Es una fotografía tan clara que, en ocasiones, me sorprendo a mí mismo levantando el asiento para cerciorarme de que no haya ningún invitado escurridizo sobre la vidriada cerámica del excusado.  Podría dar detalles de cómo mi visualización del suceso pasa generalmente  desde la perspectiva del cochino insecto, pero la verdad es que esto es todo lo que quería decir.  No hay más.  No hay fondo.  No hay mensaje.  Sólo el momento incómodo que nunca es completamente resuelto.

Me acechan pequeños monstruos de mente colmenar.  Sus patitas de fino alambre se ciernen enjutando los pliegues microscópicos de mi piel y los dedos de mis pies están anegados con negros aguijones.

No los vi por ocuparme en mi escritura mientras sentado estaba en el excusado.  Uso mis manos para sacudírmelos de encima, pero me causo más dolor con mis propios golpes:  Yo mismo empujo los dardos envenenados y hago de ellos epidérmicos remaches.  Los ayudo a pincharme.

Los monstruos se dispersan por mi pierna o caen al suelo por el terremoto que, en su perspectiva, debe estar aconteciendo.  Sigo palmeando sin poner ya atención a lo que escribo.  Mi cuaderno cae y justamente los asqueles, u hormigas, o bichos -yo les digo monstruos- toman ventaja de mi situación:   Al tiempo que abro la regadera para quitármelos de encima con el chorro de agua, ellos -los monstruos- cortan el papel impregnado de tinta y se llevan mis letras a cachitos, a pedazos infinitesimales que ahora forman, tan rápido como una inundación de tromba veraniega, una columna de negros insectos de seis patas que cargan en sus mandíbulas pedacitos de mis palabras.

Qué más apropiado para esta página que el muchacho éste hablando como si nada de cuando descubrió un incendio ¿DESDE DÓNDE CREEN?

¿Qué significa ganar?  ¿Qué es el éxito en realidad?  Si tienes un don, si tu talento es extraordinario por encima de la generalidad de los talentos, ¿no eres acaso exitoso ya?  Has sido favorecido por el mismísimo dador de talentos, y su decisión en estimarte no puede estar equivocada.  ¿En qué se basa entonces el sentimiento propio de plenitud?

Lo que yo sé, es que mis dones me fueron manifestados en una etapa muy temprana.  Lo que es peor:  nunca fui conciente de su relevancia.  El talento siempre viene acompañado de carencias indelebles, y por ende, siempre visibles desde los ojos de aquéllos que nos aman.  Ningún talento, ningún futuro, ningún sueño desplazarán la necesidad de una madre sobreprotectora, o de un padre incólume, quienes -por acto reflejo– tratarán implacablemente de convencer al hijo de mejores opciones.

Todo es cool cuando está fondeado de azul.  Cuando contemplamos estampas vivas de coloridas acciones de personas que constrastan contra un cielo pacíficamente manchado con ligeras pacas de algodón deshilachadas.

Me transformo y me ensancho.  Me convierto en violentos insectos que cubren los campos, el cielo y el sol.  Soy un enjambre de escuálidos escarabajos.  Todo lo digiero apenas entrando en mis miles de bocas.  Ácidos corroen y lenguas saborean.  Todo es bueno, todo es cool.  Y yo lo estoy consumiendo.  Sin piedad.